
No hay nada tan descorcentante como una hoja de papel en blanco o el brillo chispeante de una pantalla vacía, sobre todo entre el momento en que un ilustrador profesional recibe un encargo y el momento en el que hace su primer trazo. Esta sensación de desconcierto puede evolucionar rápidamente hacia una sensación de incomodidad, que poco se diferencia de las sensaciones experimentales en la infancia cuando esperábamos en el despacho del director. De forma inevitable, el temor, combinado con estrés puede convertirse en pánico, y manifestarse síntomas como náuseas, palpitaciones y sudores repentinos fríos y calientes, cada vez más agudos. En estas circunstancias, la única cura posible es una idea.
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